Vueltas y Vueltas…Y el Manisero cantando…

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Vueltas y Vueltas…Y el Manisero cantando…

Neiba, República Dominicana

Son las ocho de la noche y comienzan los muchachos a caminar dando vueltas en sentido contrario al de las féminas para tener la oportunidad de un piropo, de mirarse un par de veces directamente, de sentir solamente el sencillo roce de las manos, miradas de reojos, de amores de papelitos que precedían a las serenatas, los amores, el compromiso matrimonial, convertido en ocasiones en bodas.

Se van abarrotando los bancos, en su mayoría marcados con el nombre de sus donantes; unos soñadores, rebeldes, otros hablaban de pequeñeces intrascendentales, algunos solo escuchan música, contaban chistes, inventaban fiestas, elevaban sus pensamientos a un recuerdo incapaz de olvidar o pretendían ser más viriles al sostener en sus manos un cigarrillo o un vaso de cerveza sin importar si estaba fría.

El escenario estaba adornado con las luces tenues de la época, unas veces por la escasez de faroles, otras porque la luz ya se había ido; o por aquellos más románticos que las apagaban para darle riendas sueltas a la pasión, sin importarles las risas, susurros o la falta de discreción de los que avanzan en sus recorridos.

La idea era dar vueltas, sin ninguna razón aparente y sin ningún propósito más allá de pasar una noche entretenida, acompañadas de amigos y camaradas, de cómplices o de sus propios rivales.

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Algunas remembranzas quedaron olvidadas en un tropezón de aquellos imborrables mosaicos terracota o tal vez perpetuados bajo el embrujo de un árbol de laurel que adornaba cada esquina del parque, con sus raíces tan acentuadas como los recuerdos mismos.

Se concentraba allí, día y noche, especialmente los fines de semana, para airearse con la fresca brisa que se desprendía de la copa de los árboles, o deleitarse con los acordes ejecutados por la banda de música, en las entonces famosas y hoy desafortunadamente desaparecidas retretas dominicales, que ambientaban a una sociedad carente de eventos para la diversión.

De día, el eco del bullicio del “maní, maní, manisero” que giraba con celeridad la lata de aceite, colgada por alambres y que debajo llevaba otra latita más pequeña con carbón encendido para mantener calientica su mercancía; tal vez, el limpiabotas que con gran alegría mostraba la variedad de colores de sus betunes y sus alardes en el lustre del calzado. Algunos osados paseaban en bicicletas o patinetas, otros se les veía jugar a “la esquinita” dentro de la glorieta donde un día reposaba un busto del “hombre aquel” y que eran adornados por frondosos jardines que mantenían viva la naturaleza.

La parada de las guaguas de esos vehículos marca Jeep, color gris ratón, que iban y venían diariamente a Barahona; tampoco faltaban las paleteras en las 4 esquinas, y a lo lejos, sin causar bullicios, muchas veces sin que se sintiera o alguien lo notara, sin créditos ni grandes proezas, en dos jornadas diarias, sin un buenos días, ni buenas tardes o hasta mañana, se veía aquel señor vestido de color kaki que sostenía una rama del fruto de las palmeras en sus manos y que al despejar la evidencia de una noche alborotada o el anticipo de otra mejor, dejaba pulcro nuestro parque Duarte, para que de nuevo los jóvenes amigos o enamorados, con sus manos entrelazadas, continuaran dando vueltas y vueltas, …interminables vueltas, hasta que llegara la atemorizante hora de regresar al hogar.

Autora Vicdali Melgen

 

isabel
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