¡Ay mis josefadas…!

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¡Ay mis josefadas…!

Mis josefadas.

En la vida podemos darnos el lujo de perder muchas cosas, pero nunca la capacidad de asombro, esa que nos mantiene alerta para disfrutar de los pequeños milagros que nos ofrece la vida todos los días; es comulgar con ese niño interior que siempre debe acompañarnos, pero que, a veces, amordazamos. “Ese niño que llevamos dentro es nuestra parte espontánea, creativa y auténtica”, dijo alguien.

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Con el esfuerzo de hacernos mayores perdemos la capacidad de admiración, de sentir con los cinco sentidos lo que nos rodea, las pequeñas maravillas; no nos percatamos de los pequeños cambios que se producen alrededor.

No perder la capacidad de asombro es no perder la inocencia, el deseo de descubrir perspectivas nuevas, matices nuevos o perdidos; es no dejar de conmovernos por los sonidos de la naturaleza, es no perder la emoción de vivir, la capacidad de abstracción.

Siempre es enriquecedor airear el pensamiento, mirarnos y observar nuestro alrededor desde otros ángulos, sin perder las perspectivas de nuestro verdadero yo. Renovamos y alimentamos esta capacidad cada vez que levantamos vuelo y nos perdemos en otras sensaciones; a veces la seguridad intenta adormecerla.

Vive cada día con la expectativa de un niño: esperando por doquier una sorpresa y una bendición. No perdamos la capacidad de asombro, esta nos ayuda a vivir con ilusión. Para los que no la hemos perdido, la vida nos regala cada día una sorpresa.

El no esperar nada de la vida es la peor muerte, pues es la muerte del alma.

Feliz vida, Carreteadorescompas

isabel
isabel
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